Psicorientadores

Mi experiencia Providencia

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EDUCAMOS CON DETALLES DE AMOR

Toda vez que se llega a los predios del colegio, te encuentras en un gran espacio donde se educa con detalles de amor, con la conciencia y la convicción de que cada ser es único e irrepetible, y donde además se tiene en cuenta toda una historia de vida de nuestros estudiantes; desde el momento mismo de su concepción, siguiendo con minuciosidad todas sus vivencias, su entorno familiar, su necesidades y sus capacidades; para ser superadas, potenciadas y estimuladas a lo largo de su permanencia en nuestro colegio.

Donde las Hermanas de la Providencia, siempre atentas, acogedoras y dispuestas a entregar lo mejor de sí, representan ese remanso de paz, que aún en los momentos más difíciles, nos ofrecen su mejor testimonio de lo que significa el abandono a la Providencia; entregando a todos; estudiantes, padres de familia, empleados, maestros y egresados, su bondad y ternura al mejor estilo de su fundador, Juan Martin Moye.

Es pues, la Providencia, un lugar donde nuestros niños encuentran seguridad, acogida y felicidad; teniendo la certeza que, no son sus logros académicos, ni los deberes y obligaciones, presiones e imposiciones escolares, lo que formará en ellos la base para una educación integral; sino más bien, la exaltación de sus valores, el acompañamiento en sus dificultades, la estimulación de sus capacidades mediante el reto y la confrontación consigo mismos; lo que se encargará de llevarlos al alcance de sus sueños, para llegar a ser adultos felices y comprometidos con hacer felices a otros.

Cada estudiante es un ser único y maravilloso, con inigualable capacidad para amar y ser feliz, siendo el reto de cada Educador Providencia: dar, exigir, respetar, escuchar y ayudar; reconociendo nuestras debilidades y mostrándonos siempre como seres humanos en proceso, descubriendo con emoción, que en el día a día de un aula Providencia, se asiste a un inmenso laboratorio de experiencias, en el cual, cada estudiante es el alquimista, el gran maestro que nos enseña: el poder de sonreír aún en la derrota, la importancia de seguir intentándolo una y otra vez, lo invaluable de una mirada de amor, la fuerza que transmite un abrazo.

En la Providencia, además se generan espacios que propician el esparcimiento y la convivencia, traducidos en momentos de verdadero crecimiento, dando lugar a la realización de encuentros entre padres y estudiantes, fortaleciendo y posibilitando un mayor acercamiento entre las familias; creando conciencia; que más importante que el poder adquisitivo o el estatus social que se tenga, son los momentos y la presencia atenta y cariñosa, que le puedan regalar a sus hijos, pues el amor y el tiempo que padres y educadores podamos brindar a nuestros niños, será el ingrediente principal para el sostenimiento de la vida.

Aún quedan un sinnúmero de experiencias y sentimientos por expresar, no obstante en este breve y sencillo, pero sentido texto, he querido esbozar algunas ideas y vivencias de todo lo que la Providencia ha significado para mi y cómo a través de los años de servicio, he sentido que más que una labor docente realizada, he logrado hacer un pequeño apostolado, en el que me he nutrido de muchas maneras de la bondad y la ternura del Dios Providente, sintiendo como Margarita Lecomte, quien se dejó seducir por este carisma que revolucionó indudablemente, la forma de educar de una época y un lugar diferente al nuestro, así también, he podido experimentar sin importar las barreras del tiempo o el espacio geográfico, el verdadero sentido de recibir y entregar una educación con detalles de amor.

Finalizo esta reflexión, citando un pensamiento de la Hermana Esperanza Uribe Vallejo y Fundadora de nuestro colegio (Q.E.P.D).

“Tanto las conquistas científicas y técnicas, son las opciones educativas del presente y las que modelan este mundo desconocido. Depende en gran medida de los educadores de hoy, el que mañana este mundo sea habitable, asfixiante, fraternal u hostil”.

EDUCAMOS CON DETALLES DE AMOR

Toda vez que se llega a los predios del colegio, te encuentras en un gran espacio donde se educa con detalles de amor, con la conciencia y la convicción de que cada ser es único e irrepetible, y donde además se tiene en cuenta toda una historia de vida de nuestros estudiantes; desde el momento mismo de su concepción, siguiendo con minuciosidad todas sus vivencias, su entorno familiar, su necesidades y sus capacidades; para ser superadas, potenciadas y estimuladas a lo largo de su permanencia en nuestro colegio.

Donde las Hermanas de la Providencia, siempre atentas, acogedoras y dispuestas a entregar lo mejor de sí, representan ese remanso de paz, que aún en los momentos más difíciles, nos ofrecen su mejor testimonio de lo que significa el abandono a la Providencia; entregando a todos; estudiantes, padres de familia, empleados, maestros y egresados, su bondad y ternura al mejor estilo de su fundador, Juan Martin Moye.

Es pues, la Providencia, un lugar donde nuestros niños encuentran seguridad, acogida y felicidad; teniendo la certeza que, no son sus logros académicos, ni los deberes y obligaciones, presiones e imposiciones escolares, lo que formará en ellos la base para una educación integral; sino más bien, la exaltación de sus valores, el acompañamiento en sus dificultades, la estimulación de sus capacidades mediante el reto y la confrontación consigo mismos; lo que se encargará de llevarlos al alcance de sus sueños, para llegar a ser adultos felices y comprometidos con hacer felices a otros.

Cada estudiante es un ser único y maravilloso, con inigualable capacidad para amar y ser feliz, siendo el reto de cada Educador Providencia: dar, exigir, respetar, escuchar y ayudar; reconociendo nuestras debilidades y mostrándonos siempre como seres humanos en proceso, descubriendo con emoción, que en el día a día de un aula Providencia, se asiste a un inmenso laboratorio de experiencias, en el cual, cada estudiante es el alquimista, el gran maestro que nos enseña: el poder de sonreír aún en la derrota, la importancia de seguir intentándolo una y otra vez, lo invaluable de una mirada de amor, la fuerza que transmite un abrazo.

En la Providencia, además se generan espacios que propician el esparcimiento y la convivencia, traducidos en momentos de verdadero crecimiento, dando lugar a la realización de encuentros entre padres y estudiantes, fortaleciendo y posibilitando un mayor acercamiento entre las familias; creando conciencia; que más importante que el poder adquisitivo o el estatus social que se tenga, son los momentos y la presencia atenta y cariñosa, que le puedan regalar a sus hijos, pues el amor y el tiempo que padres y educadores podamos brindar a nuestros niños, será el ingrediente principal para el sostenimiento de la vida.

Aún quedan un sinnúmero de experiencias y sentimientos por expresar, no obstante en este breve y sencillo, pero sentido texto, he querido esbozar algunas ideas y vivencias de todo lo que la Providencia ha significado para mi y cómo a través de los años de servicio, he sentido que más que una labor docente realizada, he logrado hacer un pequeño apostolado, en el que me he nutrido de muchas maneras de la bondad y la ternura del Dios Providente, sintiendo como Margarita Lecomte, quien se dejó seducir por este carisma que revolucionó indudablemente, la forma de educar de una época y un lugar diferente al nuestro, así también, he podido experimentar sin importar las barreras del tiempo o el espacio geográfico, el verdadero sentido de recibir y entregar una educación con detalles de amor.

Finalizo esta reflexión, citando un pensamiento de la Hermana Esperanza Uribe Vallejo y Fundadora de nuestro colegio (Q.E.P.D).

“Tanto las conquistas científicas y técnicas, son las opciones educativas del presente y las que modelan este mundo desconocido. Depende en gran medida de los educadores de hoy, el que mañana este mundo sea habitable, asfixiante, fraternal u hostil”.

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